viernes, 23 de junio de 2017

TIEMPOS DE ASOMBRO


Soy de los tiempos
cuando era fácil asombrarse
del viento inesperado 
que tocaba cada puerta
y nadie se sentía amedrentado.
De lejos mi madre veía mi regreso
y de lejos saltaba dentro el corazón
y los libros a mi espalda.
Ah, los libros,
esos que se leían lentamente
hasta que el sol se despedía
y escribía el último verso
antes que la noche se impusiera.

















Soy de los tiempos
cuando la paz caminaba por las calles
y los vecinos 
se saludaban por sus nombres
y la última lluvia convertía los oscuros rincones
en hongos de silente existencia.

También amo estos tiempos
que la vida nos obsequia, 
aunque el planeta gire vertiginoso los días
y a veces pasemos de largo
la preocupación de un vecino
manteniendo la sonrisa en la vieja máscara,
siendo fantasmas en la estación del Metro.

Si me siento solo y cansado
llamo a los recuerdos luminosos de antaño
cuando vivir era sencillo
y el paisaje una acuarela limpia y simple.
Así logro hacer festivo mi trayecto
y mi vida mejor compartida.

Vicente Corrotea


viernes, 2 de junio de 2017

EL ANGEL

Se me ocurrió pensar que era un ángel cuando lo vi esmirriado, dubitativo y bondadoso. Justo cuando habíamos tenido algunos días lluviosos y fríos, ayer y hoy reina el sol alegre y cálido y eso me contagiaba. Estaba allí, en mi puerta del antejardín, callado, suponiendo que yo era suficientemente inteligente para saber qué deseaba él y qué podía hacer yo. Creo que le dije que esperara, o tal vez lo pensé, y me fui a la cocina para preparar un emparedado, mi preferido, el chacarero. Orgulloso de mi rápida y atenta ejecución, volví dándome cuenta que algo no estaba bien y me disculpé de no haberle abierto la puerta de reja verdosa. Le acerqué el emparedado pero no hizo señal alguna de recibirlo. Me miró después de saber que podría comprenderlo, hice un ademán diciéndole que entrara a mi casa. 
-"Quiero el mismo emparedado que se ve apetitoso, y no puedo exigirle algo más. Entiendo que no debo aprovechar la confianza que usted me otorga, pero tiene que saber que he soñado con comer un chacarero junto a un vaso de vino después de lavarme las manos".
Después de indicarle la sala de baño, preparé una mesita en mi patio para aprovechar el sol transparente y grato. Allí puse su emparedado y una copa de vino y sendas sillas.
Se sentó. En unos segundos pareció que oraba y luego nos miramos. Parecía que la situación me obligaba a realizar una síntesis de mi propia vida pasada, de mis aciertos y equivocaciones. Simplemente había pasado por mi puerta un hombre que no me parecía tan desconocido que sólo pretendía un sándwich y una copa de vino. 
Levantándose dijo en un tono sincero "Sus plantas están muy hermosas" y nombró a varias. Después retornó a la mesa.
-"Una copa", exclamó como un niño que logra encontrar la otra parte del juguete extraviado. "Es un buen detalle", mirando la botella que había guardado para una buena ocasión.
Lucía, mi esposa, llegaba de compras para el almuerzo y la cena. Tuvo un instante de sorpresa pero tranquila saludó al ángel con un sonrisa. "Disculpe si no le ha dado la mano. Ella sabe que a mí me disgusta recibir el saludo dando la mano cuando estoy comiendo". "¡Somos iguales!" dice sonriendo.
"¿Sirvo otro para ti?", pregunta mi mujer lo que apruebo con gusto. "Olvidé ponerle ají al de mi visita", y trajo un platillo con ají verde partido en trocitos. Ahora los sándwichs estaban completos. 
Después de un largo silencio me confió que su esposa había fallecido en un accidente, que desde ese día su vida había cambiado demasiado. Vivía modestamente a unos 100 Kms. de la capital y cada cierto tiempo volvía con una rosa roja para depositarla sobre la sepultura de su mujer. Tenía la costumbre de visitar a una familia amiga de Santiago, que no había encontrado esta vez. Una vez terminado con el tentenpié el resto del tiempo mi espontáneo amigo estuvo jugando con nuestras perritas hasta que nos levantamos de la mesa. Cuando pasó frente a la cocina afirmó: "Ese aroma nunca debe terminar a estas horas". Mi mujer le ofreció quedarse al almuerzo pero lo rechazó con cortesía.

No hablamos de una próxima visita. La amistad, si comienza, no tiene proyectos ni hace programas. La pregunta de porqué nuestra casa fue la elegida quedó dando vueltas tal como el apodo que le había puesto. Pensé que las discusiones que de repente surgían entre mi mujer y yo eran un pérdida de tiempo cuando la existencia se nos presentaba tan valiosa y que vivíamos juntos para acompañarnos, vivir a fondo nuestra existencia, tomar decisiones pequeñas o más grandes, acordadas o aceptadas.
Sí, debió haber sido un ángel.


Vicente Corrotea