viernes, 13 de octubre de 2017

LA MONTAÑA

Creo que es fácil escribir un mensaje, un cuento, un discurso, un poema, un libro, si es que tienes la pasión, la experiencia y el talento para lograrlo; Lo difícil para conseguirlo acertadamente es quien te lea sienta tu abrazo, tu valor de decirle honestamente que ese que está leyendo eres tú lo más transparente posible y comprometido en las relaciones humanas tan imperfectas como maravillosas. Así lo creo yo.




Como todo arte o proyecto que nos propone la vida comenzamos dando un primer paso. Los que somos mayores podemos decir que no es fácil. Más aún, que no es sencillo escribir o escalar una montaña o alcanzar la felicidad. Humildemente puedo señalarte -lo digo especialmente para aquellos que quieren ser militantes blogueros o desean continuar con mayores ánimos- que vale bien el intento, vale bien desatarse del posible cansancio y rutina de cada día. Escribir es poder hacer un esfuerzo complementario para que te conozcas mejor y conozcas a los demás. Por ahí he escrito que vivir es el arte del encuentro.


Quisiera hacer un reconocimiento sincero a todas y todos los que escriben a través de Blogger, especialmente aquellos reconocidos por su talento especial, haciendo más alegre la vida de los demás. Asimismo, debo decirte que si no llegas hasta la cúspide y sólo hasta la mitad de la montaña, -como muchos llegamos sólo hasta allí-  no te preocupes pues también el paisaje se ve maravilloso.


Cuenta conmigo. Allí nos encontramos para abrazarnos.


Vicente Corrotea


sábado, 7 de octubre de 2017

OBITUARIO PERSONAL

Una bandada de aves migratorias robó mi tiempo
depositándolo en esta estación vespertina,
y sin darme cuenta de la edad que tengo
mis amigos han comenzado a marcharse
sucumbiendo a una flecha envenenada
o tras sus puertas cerradas
dejaron de contar sombras gastadas.
Hubo uno resistente como espada
luchó por lo más noble de los humanos
hasta caer de bruces sobre la arena
cubierta por la huella de sus pasos. 



Me otorgo recordar a los que se han ido
y que tuvieron algo en común en la fatiga de la jornada:
el itinerario compartido de proyectos
y la porción de divinidad que todos llevamos
al transformar las lágrimas en aguas reposadas
y la experiencia del abrazo
de cada encuentro.

Muero un poco con los que murieron
y vivo mejor con los que soñamos
con estas anunciadas ausencias a mi corazón aferradas.

Vicente Corrotea



sábado, 30 de septiembre de 2017

¡VAMOS, AMIGOS!

¿Qué te pasa, amigo? ¿Ya no llevas el ritmo de antes?
¿Te interesan menos las fiestas y no compartes con los amigos platicando de los otros, de los que siguen casados, 
de los que tomaron otro camino, del que anda de viaje por ahí, de la que canta en su iglesia y se pregunta porqué no lo hizo antes? Algunos ya no están. Eso pasa en la edad que llevamos y nos ponemos triste. ¿Abrazaste a su esposa que te recibía orgullosa porque eras el mejor amigo de su marido y le visitabas contento después del partido? ¿Fuiste a despedirlo al camposanto? 

¡Por favor, no le eches la culpa a los años que hemos vividos! ¡Hemos firmado un contrato con la vida!. Cierto, estos son más años pero también otros años. Miramos y palpamos de otra manera, podemos decir cosas que antes no nos atrevíamos. ¿Acaso no sabes porqué te prefiere tu nieto ni de dónde sacas las historias que le cuentas? ¿Tampoco acompañas a tu esposa a cerrar los ojos para recordar ese tiempo de novios que se ha ido como el color de las viejas fotografías que se visten en ese tono sepia de penas gastadas?. 

¡Vamos! Dime de una vez: ¿Qué nos pasa, amigo?

Te das excusas para no probar las empanadas de queso ni las sopaipillas. El otro día no comiste del asado familiar.

Claro que hay que cuidarse. El problema, camarada, es que buscas razones para vivir con un dejo de tristeza y te sientes culposo porque los años no te dieron la cuota suficiente -tú lo crees- de felicidad o de mayor acopio de comodidades hogareñas, sin tiempo para descansar, leer y escribir. ¡No nos damos tiempo para reír a carcajadas ni echar al carajo eso que creímos sagrado! Si hay Dios quiere que seamos también -mujeres y hombres- mayores por dentro y fuera; Que no le tengamos miedo a la muerte ni mucho menos a la vida.




Oye, también tú, amiga: ¡Tenemos que volver a gozar de nuevo! ¿Dónde quedó la magia del abrazo o del consejo que nos dabas mirándonos a los ojos?. ¿Recuerdas cómo bailabas? Nunca te extralimitarte pero nos moríamos de la risa con tus improvisaciones, con tu manera de apreciar la vida y los amigos. ¿Ahora, te ríes o lloras emocionada al saber que tus hijos trabajan lejos y que a tus nietos sólo los ves creciendo a través de tu ordenador?

¡Vamos, amigos! El tiempo vital es de un sólo un día; Ayer y mañana no existen. Sólo existe hoy para gozarlo. Lo sé: lo dice todo el mundo, pero no se desentiendan.

Amiga, amigo, hagamos un trato: Creamos de verdad que se puede asentar las bases de relaciones para hacer un mundo mejor; Lo que hace falta es coraje y decisión y lo podemos obtener pues tenemos sabiduría y buen humor. ¿O no? De a poco. Empecemos botando al papelero ese listado donde hemos incluído a los vecinos pesados. No existe. Ojalá saludemos a todos y todas en nuestro barrio. En mi país los niños y jóvenes, sin los prejuicios que tenemos, tratan de tío (que no es tipo o individuo) a los amigos de sus padres, como incorporándonos a su grupo familiar. 

Sigamos con el trato: Ayudémonos con buena onda, con verdadera alegría, hablemos de medicamentos sólo cuando sea necesario en nuestro entorno. Ah, y desarrollemos más ganas para comentar las entradas de las amigas y amigos de los blogs a los cuales debemos reciprocidad. Acuérdate que también de los comentarios y su respuesta viven las letras y el corazón de los blogueros.

Para terminar he querido incorporar un trozo del libro que se señala más abajo. 

"Tenemos que reaprender lo que es gozar. Estamos tan desorientados que creemos que gozar es ir de compras. Un lujo verdadero es un encuentro humano, un momento de silencio ante la creación, el gozo ante una obra de arte o de un trabajo bien hecho. Gozos verdaderos son los que embargan el alma y nos predisponen al amor".





                                                                                  Ernesto Sábato
                                                                                  La Resistencia
http://haciaunavejezdigna.blogspot.cl
Este blog expone en forma científica
el tema de mi entrada.

Autor: Vicente Corrotea

viernes, 22 de septiembre de 2017

NATALICIO

Desde hace años realizo con honestidad y diría con valentía, una caminata por mi interior, y no ha sido fácil. Se ha tornado lenta a veces pero también dichosa y venturosa. He tenido que modificar varias veces su ruta y mis metas, y restarle a mi mochila algunas pertenencias, ya no tan importantes como antes, para avanzar más raudo. No es una labor para autoflagelarme ni especular ni mucho menos. Es algo así como subirme a un monte y observar cómo ha sido mi camino y cómo mejorarlo.




Ahora, cumplido los 75, suelo aplicar mi experiencia y mi porción de sabiduría, sintiendo que mi marcha se encuentra en la mitad del camino. Es lo que creo o bien es lo que quiero creer.

Algunos de mis amigos y amigas dicen de varias maneras que están regresando. Es decir, que llegado a un punto en el camino se detienen para buscar una vida más tranquila, sin problemas, sin bulla, en la calidez de su familia, se ven con una sensación de languidez, lo cual puede ser normal. Pero aquéllo es como un apronte muy adelantado a ese otro estado que ofrece el último trance de la vida. Es una opción que merece todo mi respeto. Pero no la elijo. Tampoco me resto una cantidad de años a los tengo -como lo hacen no pocos- pues aunque me sienta más joven que otros, prefiero pensar simplemente que tengo mis 75 bien puestos, que tengo sueños y que realizo trabajos nuevos, siendo algunos pequeños, que camino dos o cuatro kilómetros, que hago elongaciones. Poseo la capacidad de escuchar a personas que tienen ganas de comunicarse y que las escuchen con atención en el río de gente del Metro o en otros lugares. Simple pero siempre que la realizo la considero una intervención delicada. Pero, en fin, no soy ni más ni menos que otros muchos pero con ganas de contribuir a que este pequeño mundo sea un poco mejor. 

Esta es una sencilla reflexión que me ha ocurrido en la víspera del día de mi cumpleaños. Nunca pensé llegar a vivir tal cantidad de años los que agradezco a dios, a la vida, como también a Lucía, mi mujer y compañera en este sendero. Desde luego extiendo mi gratitud a cada uno, a cada una de ustedes pues he sentido una valiosa alianza su compañía y afecto.

Termino contando que mi madre me enseñó esta oración de nuestra Gabriela Mistral. Creo que viene al caso para cualquier persona de buena voluntad.

                              
Himno Cotidiano

En este nuevo día 
que me concedes, ¡Oh Señor!,
dame mi parte de alegría
y haz que consiga ser mejor.

Dame Tú el don de la salud,
la fe, el ardor, la intrepidez,
séquito de la juventud;
Y la cosecha de verdad,
la reflexión, la sensatez,
séquito de la ancianidad.

Dicho yo si, al final del día
un odio menos llevo en mí,
si una luz más mis pasos guía
y si un error más yo extinguí.

Y si por la rudeza mía
nadie sus lágrimas vertió,
y si alguien tuvo la alegría
que mi ternura le ofreció.

Y que, por fin, mi siglo engreído,
en su grandeza material,
no me deslumbre hasta el olvido
de que soy barro y soy mortal.



La puedes encontrar completa la oración en
http://extractodelibros.blogspot.cl/2013/12/el-himno-cotidiano-gabriela-mistral.html

Vicente Corrotea

viernes, 15 de septiembre de 2017

NO LLEGO

Jugaba todas las tardes en el parque. Era feliz y por cierto también lo era su abuelo. Su risa infantil se esparcía como notas musicales que vibraban en el alma de grandes y chicos.


Pero no van a llegar. Hoy no y mañana tampoco.

Su abuelo, que anda cerca de los 90, sostenía su vida y sus ganas de vivir sobre esa varita suave que era su nieto -en realidad su bisnieto- y pláticas sobre estrellas, ríos, manzanas, lombrices y plantas conectaban a esos dos seres. Andresito, de cinco años, ha preguntado por su abuelo. "Tiene un dolor en su corazón y debe descansar para que sane". 

En el parque hay otro solitario: El columpio, ese que el abuelo reparó para su nieto. "¿Entonces, quién me va a hablar del sol del verano que acaricia las uvas o de la lluvia del invierno?". Su mundo se ha vuelto irreal. El tiempo "no anda como antes". Ayer hizo un dibujo de su abuelo "para que se mejore". No sabe cómo estar en este invierno pues es diferente a los anteriores.

Cierto, ha sido el más helado en muchos años.



Vicente Corrotea


sábado, 12 de agosto de 2017

ELECCION

Te nutres de mis frutos otoñales,
ella cuida mis raíces y mis brotes.
Eres río que baja incontenible,
ella el mar de vasto horizonte.
Eres pasajera de nubes y volcanes,
somos mutuo destino de mil jornadas.

Contigo el placer, el sol y la sangre,
la certeza del momento,
la codicia del abrazo.









Ella el escudo en la desconfianza,
la puerta accesible,
las manos que elaboran el pan,
el verbo sabio y calmado.

Será el llanto cuando yo muera
o la soledad cuando se vaya.

Vicente Corrotea

sábado, 5 de agosto de 2017

AMOR DE PRIMAVERA

Cuando joven me complacía el orden. Demasiado. Comencé a celebrar mi juventud un poco más maduro que otros, y ya terminaba mis estudios en la universidad y me prestaba a buscar trabajo. Allí apareció ella, Amanda, y el orden que amaba y mis programas, junto con mi agenda, parecieron extraviarse. Seré leal con su recuerdo: Era la espontaneidad. Sólo vivía. No reconocía el calendario, sólo que nos movíamos en el breve espacio que era la primavera. Por ello debía calcular las horas de las citas lo que me producía largas esperas que me resultaban insoportables, echando de menos la grandiosa sintonía con las horas y mi tiempo, logrado con disciplina y contracción a mis quehaceres. Hasta que  podía verla, abrazarla, olerla y amarla. Me sentía feliz de reírnos de pequeñas cosas que habían pasado desapercibidas. Mi marcha junto a Amanda y la rapidez de los acontecimientos me hacían sentir un poco torpe. Mi vida se había convertido en una suerte de carrera contra el tiempo, de homenajes, de encuentros breves o prolongados. Cuando llegué un día a su casa con un ramo de flores se convirtió en una estatua de sal, inmóvil, mirándome con sus ojos verdes. Rompió a llorar. "Es que nadie me había regalado un ramo de flores". 

Su piel morena, su mirada que destellaba dolor y ganas de vivir y su tremenda imprevisión, exaltaban mi ánimo llevándome a otras geografías algo extrañas, lejos, como he dicho, de mis deberes atesorados por tanto tiempo, que me hacían sentir en una montaña rusa sin término. 













Como a veces debía esperarla en su casa por largo espacio de tiempo, su madre empezó a darme algunas atenciones que en un principio por mi ineptitud no sabía delimitar. Al descubrirlo me produjo una desazón que, por mi experiencia y acaso mi decencia, no podía tolerar.

Lo que había empezado con la primavera terminaba con ella. Ese verano Amanda fue a pasar lejos las vacaciones con su padre y nunca volvimos a encontrarnos. En mi corazón fiel creo que supe amarla y entenderla mientras estuve con ella. Al marcharse, sentí en mi interior que algo había regresado a su justo lugar. De vez en cuando el recuerdo de Amanda en mi piel es como una música novedosa que proviene de alguna isla de mis sueños hasta mi muelle empañado de neblina.

Vicente Corrotea
Fotografía tomada de Internet


jueves, 20 de julio de 2017

PIES DE MUJER

He sabido que ante los pies de alguna mujer muchos varones suelen excitarse. Yo no soy de dicho grupo, pues los pies de una mujer me han llamado la atención sólo en un sentido estético. Pero no me crean: También pueden algunos atraerme de manera erótica no importando la edad de su dueña.

Mi historia sucedió en el Metro, cuando había menos afluencia de público. De frente en diagonal a mi asiento viajaba una mujer madura, de aspecto inteligente, de esas que uno deduce que tienen la habilidad de amenizar encuentros de amigos o de profesionales. Ese día -bien lo recuerdo- hacía calor y sus pies lucían unas hermosas chalas. O podría decir que sus pies lucían hermosos en sus chalas de verano. Había sido imposible dejar de mirarlos furtivamente. Como me he considerado maestro del disimulo, me sobresalté cuando la dama en cuestión me interpeló con notable naturalidad:
-"¿Tengo algo en mi ropa que debo modificar?".
Sorprendido como un niño y sin posibilidad de idear una excusa dije la verdad, esa verdad que se guarda a veces creyendo que por ser nuestra se evita exponerla.
-"No... Es que tus pies son muy hermosos".
Se le iluminó el rostro a la mujer.
-"¿Sabes?. El tuyo es el mejor halago que recibo  en meses?".
-"Entonces, afirmo mi idea de que los hombres somos algo necios para descubrir y confesar que las mujeres cuentan con reales encantos".



El tren había llegado a la estación terminal y debía hacer combinación al norte o al sur de la ciudad, o salirnos al exterior donde se encuentra el mall que ofrece todo. 
-"Aunque podrías asociarme a un cierto tipo de mujer te invito a un café o helados".
-"Bien, pero yo invito la próxima vez. ¿Te parece que hagamos este encuentro veraz mostrándonos transparentes y leales con nuestras simples y grandes verdades?".
-"Entendido, me parece estupendo".
Ingresé a su mundo y ella al mío. Fue una hora distendida y coloquial, sin asedios ni trampas ni límites. Hablamos de amores y desamores, de pérdidas y beneficios, de sueños y de recuerdos, de la salud y de la vejez. 

Cada uno se retiró de la tertulia con la sensación de haber sido honesto con el tiempo transcurrido. Desde acá le recuerdo que le debo un café o un almuerzo.

Vicente Corrotea

viernes, 7 de julio de 2017

SOMOS

Imaginaba cómo sería:
amante, compañera, habilidosa, alegre,
confiada, espontánea.
De algo estaba seguro:
La amaría por toda la vida.
Incendios, sequías, penurias, deterioros,
periplos azarosos, sortilegios adversos...
y seguiría amándola.

Ella llegó
cuando las espigas estaban maduras
y lentamente mi corazón la fue reconociendo
en palabras y silencios,
alejadas de apariencias y extremos,
sus pasos eran de albas y verdes los días.
Así levantamos juntos nuestra bandera.
No evitamos las batallas que da la vida
y aprendimos a fabricar espadas
y las blandimos
defendiéndonos de la algarabía vulgar, 
de certidumbres ajenas,
de las luces de los nuevos mercados.
Y fuimos construyendo nuestra patria familiar
uniendo piedras, ladrillos, argamasa,
e hicimos fuego, y fue de calor la casa
y soberanos los proyectos
con tres destinos encomendados
que hicieron leyenda muchas tardes.













Pero sobrevino el invierno
de lluvias nunca anunciadas,
sin el sol se recubrieron de musgos las ternuras,
la áspera rutina impedía los festejos,
las complacencias se fueron confundiendo 
con los deberes
y dejamos de entonar las mismas canciones.

Solicitado el tiempo sabio
nos devolvió las miradas,
y una ración de inocencia el perdón, 
el amor intacto,
las sonrisas y los juegos. 
Alejados del propio invierno
aparecieron frotes nuevos
y salimos a las plazas, al teatro,
gritamos nuestros nombres,
comentamos libros,
volvieron los amigos y la esperanza.

En nuestra casa, pintada de blanco y de sol atesoramos 
el vino y los renuevos que se asoman
y aguardamos las mañanas y las noches
con los deberes de cada hora,
con los placeres de cada día
en una hiedra de abrazos.

Vicente Corrotea


sábado, 1 de julio de 2017

NUESTRAS ALAS

Paseaba por el parque leyendo una revista cuando observé que ellas paseaban en sentido contrario. Yo caminaba lento. Después de un rato ya estaban muy cerca de mí. Una mujer de unos 65 años empuja una silla de ruedas llevando una mujer joven con notoria movilidad reducida. Hablamos del clima y de otras cosas. Al detenernos nos miramos frente a frente. Acostumbrada probablemente a las miradas lastimosas siento que se produce una empatía entre ambos. Aprovecho de interrogar.
-¿Es su hija? Pregunto con naturalidad.
-Sí, señor, es mi única hija. La tuve a los 43 años. Dicen que por eso...
-¿Y usted se siente culpable?.
-He pensado tanto en ello que no he logrado quitarme ese sentimiento de culpa. Es un dolor que debo soportar.
-¿Qué pasaría si un sanador, por ejemplo, le diese a su hija lo que tiene una mujer joven, como andar en sus propias piernas, pensar, hacer proyectos, viajar, amar?
-¡Oh, señor, no me haga soñar demasiado!...
-¿Y si ella fuera autovalente, anduviera por las calles, abrazara a los niños y a los árboles y se durmiera con mil preguntas, estaría dispuesta a mostrarle el mundo, no sólo el mundo que usted conoce sino todo el extenso mundo de los humanos?.
-Tendría que aprender. Creo que lo haría.
-No la veo tan segura. Mas aún: ¿Si ella desarrollara alas y emociones distintas a las que usted tiene, si conociera otros rostros, otras amistades y el amor mismo, amor fecundo, estaría feliz usted?.
-Nunca la pensé con alas. Todo con contrario. Ella es una carga para mí que debo cuidar o, si pienso mejor, diría que ella es una misión para mí. La he bañado desde que nació. Ella depende de mí.
-¿Usted no depende de ella?


(La madre llora. Me mira. Se da cuenta que puedo esperarla. Mira hacia arriba. Las nubes se han vuelto grises).
-Sé que no encontraremos algún sanador. Pero me doy cuenta que no debo preguntarle a Dios porqué mi hija no tiene alas como todas las demás. (Silencio) ¿Sabe? Comienzo a entender que no debo guardar ese sentimiento de culpa que me ha taladrado el corazón desde que nació mi hija. Más aún: Siento que mi hija puede tener alas cuando yo recupere las mías.
(Siento que hemos conversado demasiado en un encuentro que pareció fortuito. Le ayudo a cruzar la avenida).
-Gracias. Me siento mejor que otros días. Lo dejo pues se me pasa la hora del baño de mi hija.
-Ya nos veremos.
-Ojalá. Eso espero.

Vicente Corrotea

viernes, 23 de junio de 2017

TIEMPOS DE ASOMBRO


Soy de los tiempos
cuando era fácil asombrarse
del viento inesperado 
que tocaba cada puerta
y nadie se sentía amedrentado.
De lejos mi madre veía mi regreso
y de lejos saltaba dentro el corazón
y los libros a mi espalda.
Ah, los libros,
esos que se leían lentamente
hasta que el sol se despedía
y escribía el último verso
antes que la noche se impusiera.

















Soy de los tiempos
cuando la paz caminaba por las calles
y los vecinos 
se saludaban por sus nombres
y la última lluvia convertía los oscuros rincones
en hongos de silente existencia.

También amo estos tiempos
que la vida nos obsequia, 
aunque el planeta gire vertiginoso los días
y a veces pasemos de largo
la preocupación de un vecino
manteniendo la sonrisa en la vieja máscara,
siendo fantasmas en la estación del Metro.

Si me siento solo y cansado
llamo a los recuerdos luminosos de antaño
cuando vivir era sencillo
y el paisaje una acuarela limpia y simple.
Así logro hacer festivo mi trayecto
y mi vida mejor compartida.

Vicente Corrotea


viernes, 2 de junio de 2017

EL ANGEL

Se me ocurrió pensar que era un ángel cuando lo vi esmirriado, dubitativo y bondadoso. Justo cuando habíamos tenido algunos días lluviosos y fríos, ayer y hoy reina el sol alegre y cálido y eso me contagiaba. Estaba allí, en mi puerta del antejardín, callado, suponiendo que yo era suficientemente inteligente para saber qué deseaba él y qué podía hacer yo. Creo que le dije que esperara, o tal vez lo pensé, y me fui a la cocina para preparar un emparedado, mi preferido, el chacarero. Orgulloso de mi rápida y atenta ejecución, volví dándome cuenta que algo no estaba bien y me disculpé de no haberle abierto la puerta de reja verdosa. Le acerqué el emparedado pero no hizo señal alguna de recibirlo. Me miró después de saber que podría comprenderlo, hice un ademán diciéndole que entrara a mi casa. 
-"Quiero el mismo emparedado que se ve apetitoso, y no puedo exigirle algo más. Entiendo que no debo aprovechar la confianza que usted me otorga, pero tiene que saber que he soñado con comer un chacarero junto a un vaso de vino después de lavarme las manos".
Después de indicarle la sala de baño, preparé una mesita en mi patio para aprovechar el sol transparente y grato. Allí puse su emparedado y una copa de vino y sendas sillas.
Se sentó. En unos segundos pareció que oraba y luego nos miramos. Parecía que la situación me obligaba a realizar una síntesis de mi propia vida pasada, de mis aciertos y equivocaciones. Simplemente había pasado por mi puerta un hombre que no me parecía tan desconocido que sólo pretendía un sándwich y una copa de vino. 
Levantándose dijo en un tono sincero "Sus plantas están muy hermosas" y nombró a varias. Después retornó a la mesa.
-"Una copa", exclamó como un niño que logra encontrar la otra parte del juguete extraviado. "Es un buen detalle", mirando la botella que había guardado para una buena ocasión.
Lucía, mi esposa, llegaba de compras para el almuerzo y la cena. Tuvo un instante de sorpresa pero tranquila saludó al ángel con un sonrisa. "Disculpe si no le ha dado la mano. Ella sabe que a mí me disgusta recibir el saludo dando la mano cuando estoy comiendo". "¡Somos iguales!" dice sonriendo.
"¿Sirvo otro para ti?", pregunta mi mujer lo que apruebo con gusto. "Olvidé ponerle ají al de mi visita", y trajo un platillo con ají verde partido en trocitos. Ahora los sándwichs estaban completos. 
Después de un largo silencio me confió que su esposa había fallecido en un accidente, que desde ese día su vida había cambiado demasiado. Vivía modestamente a unos 100 Kms. de la capital y cada cierto tiempo volvía con una rosa roja para depositarla sobre la sepultura de su mujer. Tenía la costumbre de visitar a una familia amiga de Santiago, que no había encontrado esta vez. Una vez terminado con el tentenpié el resto del tiempo mi espontáneo amigo estuvo jugando con nuestras perritas hasta que nos levantamos de la mesa. Cuando pasó frente a la cocina afirmó: "Ese aroma nunca debe terminar a estas horas". Mi mujer le ofreció quedarse al almuerzo pero lo rechazó con cortesía.

No hablamos de una próxima visita. La amistad, si comienza, no tiene proyectos ni hace programas. La pregunta de porqué nuestra casa fue la elegida quedó dando vueltas tal como el apodo que le había puesto. Pensé que las discusiones que de repente surgían entre mi mujer y yo eran un pérdida de tiempo cuando la existencia se nos presentaba tan valiosa y que vivíamos juntos para acompañarnos, vivir a fondo nuestra existencia, tomar decisiones pequeñas o más grandes, acordadas o aceptadas.
Sí, debió haber sido un ángel.


Vicente Corrotea

jueves, 25 de mayo de 2017

EL PLANETA DUERME


Duerme la noche fría
empapada
de lluvia persistente,
mientras observo 
la danza de las hojas 
en la candencia del viento,
siendo dueño de mis pasos lentos
que me llevan a cualquier parte.













Me doy cuenta que he perdido
el silencio, la sencillez, la magia
de abandonar de vez en cuando
el camino trazado por años.
Ya nada es indispensable en esta noche.
Sólo el aire, la lluvia, las sombras acurrucadas 
en calles angostas, la espera de las horas,
la amistad de los perros
que vagan a donde haya un aroma apetecible,
y el taxi que me llevará de vuelta
a mi casa esquina de reja verdosa. 

Vicente Corrotea

viernes, 19 de mayo de 2017

SERENIDAD

Como la mayoría de los seres humanos he corrido tras la felicidad. La he deseado y me he creído con el derecho de poseerla, sentirla, porque me paracía tener méritos para ello. Pero los años enseñan, y si es cierta la felicidad, o sea si es real la posibilidad de ser feliz, me asiste la sospecha que deben ser pocos los que la poseen como un estado de vida. Lo natural es que la felicidad viene a quedarse en nuestra vida por un tiempo y luego se marcha. Y puede volver. Casi no depende de uno mismo. 


Con el paso de los años en que he sido feliz en ciertas épocas, me fui dando cuenta que no debía tratar de alcanzarla como se alcanza una meta o un amor o un éxito. Ciertamente puede llegar en la sonrisa de la persona con quien juraremos llegar a nuestra vejez con el amor vivo, sin mayores lamentaciones y sin considerarnos algún día enfermero (a) del otro u otra sino el compañero (a) de vida.






Al pasar el tiempo me dí cuenta que lo que debía alcanzar no era la felicidad (aunque por supuesto la aprecio demasiado) sino mas bien la serenidad, esa alegría de estar bien conmigo mismo, que no es la autocomplacencia, no es un estado de ánimo que puede terminar con algún inconveniente desagradable o con un bochorno social.



La serenidad es una conquista nuestra, en cambio la felicidad -tan fácil de pronunciar que la tenemos- es obra muchas veces de circunstancias ajenas a nosotros. La serenidad es como andar erguido por la vida sabiéndose dueño de sí mismo, de nuestros hábitos y decisiones, de lo que somos capaces de realizar y sentir, sin ser indiferente a los problemas de los demás. Una persona serena no es quien puede encontrar refugio en su casa o entre amigos, sino quien es capaz de alcanzarla viviendo las contradicciones, las iniquidades de unos pocos, rescatándonos del mucho ruido y de las mentiras organizadas que se leen y se escuchan. Como la serenidad es un logro personal, nos procura muchas veces que nos mostremos respetado, respetable y querido.



Y si se presente la felicidad, démosle  un espacio en nuestra casa y en el corazón, ya que la mayoría de las veces se aleja en muy poco tiempo. Pero -ya está dicho- la serenidad es una conquista de nuestro corazón, de nuestra vida organizada íntima y socialmente para ejercer y practicar con humildad el grandioso oficio de persona, de ciudadano.



Vicente Corrotea

  

viernes, 12 de mayo de 2017

ME GUSTA MI CASA

Me gusta volver a mi casa
con el ladrido de mi perro
anunciando mi llegada.
Nace la plática de las circunstancias:
que el hijo armó los muebles nuevos,
que mi mujer se encontró con Clementina,
que la gardenia ha reverdecido,
los consumos del hogar están pagados
y que no he terminado de leer ese libro
que me embriaga de emociones.

Me gusta estar en mi casa
cuando el ave nívea vuela sobre la mesa
y se extiende orgullosa de sentirse necesaria
del conocido rito de ubicar cada cosa
sin que falte nada en la hora del sustento.












Ya no esperamos demasiado.
La vida nos ha ofrecido
más de lo indispensable,
resguardando el don del agradecimiento
en el aposento secreto del corazón.

Vicente Corrotea