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martes, 11 de septiembre de 2018

LA INTERROGANTE

Tenemos la misma edad y hemos sido compañeros de colegio. El decía que estaba viejo y que ya le molestaban "algunas cosas" que antes pasaba de largo. "Ya no hago bien lo que hacía antes". Su familia parecía darle la razón. Sin embargo, no había respondido los mensajes que le enviara ni siquiera los saludos de cumpleaños pasados. Su mujer me señalaba en la hora de once su sentimiento que se había perdido la tranquilidad de antaño, que ya no habían risas a carcajadas y las bromas familiares habían disminuido a sólo ciertas sonrisas. Lo peor es que las enfermedades las sufrían todos incluyendo algún nieto. Se hablaba de mala suerte y de un invierno interminable. "¿Te gusta el invierno, Vicente?" Había preguntado con voz socarrona, seguro que para él la respuesta debería ser negativa. Después de ese esfuerzo de haber levantado la voz, mientras apetecíamos de la once, Sergio, mi amigo, se  había hundido en su sillón. Se veía deprimido, cansado y, peor, sin ánimo de participar en una tertulia que tenía el ingrediente la visita de un amigo como aún me consideraba además de familiares venidos algunos desde lejos. Me dediqué a los niños que no se daban tanta cuenta de que pasaba algo ingrato y demandaban atención. Allí también supe que a uno de los nietos mayores no le iba bien en la universidad. Comencé a incomodarme y pensar marcharme pero eso hacía sentirme un soldado huyendo de una batalla. Alguien me preguntó algo pero el ruido natural de terminar una comida donde los niños con sus movimientos liberados no permitía escuchar bien ni responder a la pregunta. "Quiero escucharte; Repíteme la pregunta". "¿Qué es resiliencia?".  Nunca esperé tal pregunta. "Es que no aparece en el diccionario". Era una luz de interés en medio de esa familia, una intuición, una porción de agua para una planta olvidada. Lo invité al jardín de su casa para responderle con calma pero hice un esfuerzo para romper mi natural modestia -o timidez- proponiéndole quedarnos en el interior de la casa y allí, para  todos, argumentar una respuesta en voz alta.




"Permítanme tratar de responder una pregunta que me ha hecho Eduardo. Es una palabra muy hermosa que no aparece en todos los diccionarios por ahora. Es 'resiliencia' y atañe muy especialmente a los seres humanos. Es una capacidad que podemos tener o no pero, vamos a ver, es mejor poseerla. (Sergio permanecía recogido en su sillón junto a una mesita que contenía unos libros de historia que antes le gustaban y que ahora le había traido uno que podría leer. Sabía que atendía pero simulaba dormitar, y continué). Resiliencia es tener la fuerza, la valentía de sobreponerse a una enfermedad o accidente, a un gran dolor como la separación de una persona amada o, mas, a la muerte de un hijo o de una madre. Y después de sufrir cualquier acontecimiento de estos o de otros, como las bajas notas en la universidad, saca energía, se endereza y vuelve a caminar con  entereza, eso es resiliencia. No es fácil aunque no lo diga el diccionario. Es un trabajo de toda la vida, buscando su sentido. (Sergio había levantado la cabeza) Y como las palabras son vivas porque nosotros las vivimos, resiliencia plenamente es la capacidad de una madre, por ejemplo, que de sufrir la muerte de un hijo no sólo vuelve a trabajar como antes lo hacía sino más: La de crear junto con su esposo una corporación de padres que han sufrido como ellos la muerte inevitable de un hijo por una enfermedad incurable. Para estar juntos, para aprender de una enfermedad que la medicina aún no conoce su curación, para llorar porque la resiliencia te puede hacer mejor pero no te quita el dolor ni el desgaste. Conozco a personas con esa maravillosa capacidad.(De pronto, Pablo, un adolescente sentado en el suelo, pregunta)¿Tú tienes resiliencia?.Te puedo afirmar que sí pues el corazón me ha dado algún aviso y tengo que cuidarme, estar de buen humor, y estar con mis amigos, Saludar y celebrar con aquellos que viven más de 30 años en el mismo barrio. Tenemos una sola vida y un solo día para vivirlo gozándolo, como ahora que quise estar en tu casa. Es cierto que lo dicho no nos salva de ciertos dolorcillos o del cansancio o de que las distancias son más largas. Sí, Pablo, creo tener resiliencia, aunque no es fácil. Nadie ha dicho que la vida es fácil. Pronto cumpliré años esperando se me aclare mejor el sentido de la vida, llevando ocultas con decoro mis cicatrices y con gracia mis movimientos".

Sergio no estaba en su sillón. Apareció abrazado con su mujer que se veía más hermosa y a su lado la mía. Mi amigo hacía algún esfuerzo pero se mostraba contento, cuando le pidió a su compañera,  "Dilo tú, por favor". "Sergio quiere que probemos la torta y después hagamos un brindis agradeciendo a los familiares y amigos que nos han acompañados en su cumpleaños". Fue allí cuando mi amigo cruzó la habitación dándonos un fuerte abrazo.

Vicente Corrotea
Fotografía tomada de Google